viernes, 14 de febrero de 2014

El efecto psicológico del desarraigo (alternancia en el uso de la vivienda familiar)

El estrés constituye un desequilibrio o alteración corporal producido a partir de la respuesta general o inespecífica de alarma o de emergencia de una persona ante las situaciones problemáticas o exigencias a las que se somete en la vida... Según sea percibida e interpretada la situación estímulo como amenazante o no amenazante a través de la correspondiente vivencia de la experiencia emocional, así se desencadenará o no la reacción o respuesta de estrés” (Carrobles y Godoy,  1987, pag 165 y 166). Los estresores sociales más significativos están recogidos en la Escala de Ajuste Social de Holmes y Rahe (SRRS), sobre la que se ha confeccionado la Escala de Acontecimientos Vitales o Schedule of Recient Experiences (SRE) (Holmes y Rahe, 1967). Estos son entre otros: muerte del cónyuge, divorcio, separación conyugal, encarcelamiento o confinamiento, muerte de un familiar cercano, enfermedad o lesión personal grave, matrimonio, incremento importante en las disputas conyugales, cambio importante en las condiciones de vida (nueva casa, deterioro vida vecindario), cambio de residencia…

A nivel psicológico puede decirse que, en toda situación de ruptura, hay muchos factores estresantes que inciden de forma directa en el comportamiento personal, tales como la vulneración de la sensación de seguridad, los supuestos de cohabitación y nuevas nupcias, los conflictos crónicos entre cónyuges, etc., debiendo destacarse, por su importancia, la existencia de una clara inestabilidad residencial y los problemas económicos como dos factores estresantes claves, directamente ligados a la vivienda familiar. De hecho, es evidente que el desplazamiento o alejamiento residencial tras el divorcio, la nulidad o la separación, puede interferir sustancialmente los contactos y relaciones sociales del que se desplaza.

A nivel afectivo, la importancia de la vivienda familiar es clave, pues determina condicionantes tan importantes como la estabilidad y el bienestar psicológico, siendo el espacio físico el determinante de la capacidad para tener uno o más hijos, uno u otro nivel de vida, de gasto y ahorro y de relación social. Precisamente, a nivel social la vivienda familiar condiciona desde la elección del colegio de los hijos al entorno medioambiental y a la calidad de la vida en función del barrio en el que se ubica. Además, en las situaciones de crisis familiar, la vivienda es quizás el elemento más importante del conflicto y punto clave en la negociación de los convenios reguladores. No se olvide que es en las situaciones de crisis familiar donde con mayor virulencia afloran los problemas de violencia de género, muchas veces ligados a la previsión de disponibilidad o no del que había sido el domicilio familiar.

La mudanza es una fuente de estrés y es también el origen de un trastorno profundo del plan emocional. Mudarse significa romper con un modo de vida, unos hábitos y un entorno familiar. A veces se asocia al miedo de no reencontrar lo que se ha perdido (unos vecinos amables y condescendientes, un hogar confortable, un entorno agradable...). Por supuesto, si la mudanza es impuesta por factores estresores negativos (paro, traslado forzoso, razones financieras), la experiencia es aún peor, incluso traumática. Además de causar una pérdida legítima de referentes, puede generar una pérdida de la autoestima, asociada a un sentimiento de fracaso. Con frecuencia, las consecuencias de una mudanza son la ansiedad latente, el estrés o la depresión.

Estas situaciones que activan sistemas psíquicos determinados, generan conductas y  mecanismos de defensa específicos y los síntomas y aspectos vulnerables recrudecen. También se puede observar en gente propensa a este tipo de respuestas, la desorganización psíquica. (Hugo Bleichmar, 1997). Esto  es el llamado sufrimiento por desarraigo, que se caracteriza por la presencia de  sentimientos de soledad, ansiedad de separación, sentimiento de indefensión, temores y sentimientos de desprotección.


viernes, 7 de febrero de 2014

Custodia compartida


Resulta indispensable la necesidad de separar conflicto conyugal y relación parental. El establecimiento de una relación conyugal, en la que dos sujetos buscan compartir una vida, puede finalizar con el divorcio. En ocasiones en el seno de esa unión surgen las relaciones parentales, en las cuales los progenitores establecen vínculos con los hijos comunes. Una y otras pueden funcionar correctamente, pero esto no implica que tengan que mantenerse juntas. Podemos dejar de ser pareja pero nunca dejamos de ser madres y padres. El divorcio afecta a la relación conyugal, pero debe procurarse que no afecte a las relaciones parentales. Sin embargo, las decisiones sobre la custodia monoparental potencian la eliminación de las últimas.

El divorcio puede ser o no un proceso conflictivo, pero, sin duda, afecta, con mayor o menor intensidad, a la estabilidad emocional del menor, puesto que, además de vivir el propio proceso de separación de sus padres, debe enfrentarse al hecho de renunciar a convivir de forma cotidiana con uno de ellos. Algunos de los factores emocionales que pueden verse alterados en el niño por el divorcio de sus padres son: bajada en el rendimiento académico, peor autoconcepto, dificultades en las relaciones sociales, dificultades emocionales como depresión, miedo, o ansiedad entre otras, y problemas de conducta.

El conflicto en la pareja no afecta por igual a las relaciones del padre y de la madre con sus hijos. La disminución de la calidad en la relación de pareja tiene unos efectos negativos superiores en las relaciones del padre y los hijos que en las de la madre y éstos (Amato & Keith, 1991; Belsky et al., 1991; Jouriles & Farris, 1992). Unos efectos que son, además, especialmente significativos en la relación padre-hija, que, por el contrario, es más sólida en el caso de aquellas parejas que presentan una buena relación.

Son muchos, cada vez más, los menores que cuando se les pregunta ante una separación con quien les gustaría estar dicen "con mamá y con papá" y es importante que nos adaptemos a las circunstancias y a la demanda creciente de que los padres se corresponsabilicen de sus hijos. En estas circunstancias la custodia compartida adquiere una ventaja sustancial colateral. El eje central de este régimen es la coparentalidad, es decir, "ambos [progenitores] deben tener los mismos derechos y responsabilidades que tenían sobre sus hijos antes de la separación”, lo que, por añadidura, constituye un derecho del niño. El objetivo es que los hijos puedan disfrutar el mayor tiempo posible de ambos, con un compromiso por parte de los padres de crear una atmósfera civilizada y respetuosa el tiempo que pasen con ellos. Recordemos algo básico y es que la ruptura se produce entre los padres, nunca los padres y los menores, que jamás deberían sufrir las consecuencias del divorcio sobre sus vidas.

Hasta hace poco el divorcio iba inevitablemente asociado a la desintegración de la familia, pero cada vez aparece más claro este concepto de que es una ruptura de pareja, no de la familia, que simplemente debe reorganizarse de manera distinta. Obviamente el divorcio va a afectar en distintas facetas de la vida familiar, económica, laboral, psicológica y socialmente, pero resulta especialmente importante a la hora de tomar cualquier tipo de decisión relacionada con este proceso tener presente la necesidad de garantiza y salvaguardar el bienestar del menor; basarse, definitiva, en el criterio del interés superior del mismo.

Es recomendable, entre otras cosas, que, aun estando separados, ambos se impliquen activa y ampliamente en las actividades diarias y en la vida de sus hijos mediante el contacto continuo y frecuente con ellos; que tengan en cuenta las consecuencias negativas de involucrar a los niños (o adolecentes) en sus conflictos e incluso "usarlos" para dañar al otro progenitor, así como lo conveniente de establecer una cooperación que permita asumir y participar en común en las decisiones relacionadas con los aspectos fundamentales de la vida de sus hijos. Ante la posibilidad de acuerdos y repartos igualitarios de tiempos, obligaciones, derechos y responsabilidades es muchisimo más fácil el cumplimiento de las medidas acordadas tras la separación.

Además, al disminuir el riesgo que enfrenta el niño frente a la separación y evitar las posibles consecuencias negativas, se asegura y protege el desarrollo armónico e integral del niño, desde el punto de vista emocional, psicológico y afectivo.  Es decir se garantiza el desarrollo integral del menor. 

Una abrumadora cantidad de estudios han coincidido en que los niños que mantienen un contacto regular con ambos progenitores tras el divorcio muestran mejores niveles de adaptación social y rendimiento académico que los niños criados en hogares monoparentales, y han puesto de manifiesto las imborrables y negativas huellas de la ausencia de uno de los padres durante la infancia y la adolescencia. 

Se han señalado, no obstante, una serie de desventajas que vendrían asociadas a este tipo de custodia, entre ellas la necesidad de adaptarse a dos hogares distintos. En muchas ocasiones, en cada uno rigen sus propios hábitos, reglas y horarios, lo que obliga a los niños a adaptarse a dos formas distintas de encarar la vida, a costumbres disímiles y a normas de educación diferentes. Ello, además de los problemas prácticos y logísticos subsidiarios, dado que es frecuente que enseres que el niño debe de utilizar un día hayan quedado en la otra casa el día anterior. Por tanto, se ha defendido que este sistema de alternancia de vivienda puede provocar inestabilidad emocional en los hijos. Sin embargo, diversos estudios han venido a relativizar la validez de estas inferencias.

En concreto han desvelado que, en su mayor parte es el enfado de un progenitor acerca de las diferencias de su modelo de educación y crianza respecto al del otro lo que genera problemas, más que las diferencias por sí mismas. Además, los menores establecen vínculos especiales con sus cuidadores desde el principio, y estos vínculos pueden ser diversos y distintos en función de las distintas relaciones. En la rutina diaria de cualquier familia intacta, los menores están adaptándose continuamente a los cambios que la vida familiar implica. Un ejemplo de ello son los múltiples vínculos que establecen con sus distintos cuidadores: abuelos, niñeras, docentes y padres. Estos cambios son aceptados de modo rutinario y no tienen por qué implicar desajuste en los menores. Los niños van de un lugar a otro, de un adulto a otro, sin expresar mayores problemas, y más en una sociedad en que ambos progenitores trabajan y es cada vez más frecuente que los hijos experimenten el cuidado de adultos distintos de sus padres la mayor parte del tiempo, sin que hayan experimentado ningún perjuicio en su estabilidad emocional.

No obstante y para concluir, que esta sea la opción idónea no quiere decir ni que sea la única ni la mejor en todos los casos, puesto que cada individuo y cada familia presenta una ideosincrásia única y siempre habrá que evaluar cada caso de manera particular.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Sobre el apego o la vinculación



El apego es un vínculo afectivo especial que establece un individuo respecto a otro que entiende como importante e irremplazable, por presentar las siguientes características: base segura, búsqueda de proximidad con respecto a la figura de apego, especificidad de la figura de apego (en la infancia suele ser la madre y/o el padre), protesta de separación y modelos internos operativos, relativamente estables, inconscientes y consistentes, que reflejan la percepción que tiene el sujeto respecto a la accesibilidad y la capacidad de respuesta de la figura de apego. El apego es un constructo hipotético, pero las conductas de apego sí pueden observarse. Para desarrollarse  intelectual, emocional, social y moralmente, el niño necesita, en cada de estas áreas, gozar regularmente y durante un largo período de su vida de un vínculo afectivo fuerte, cercano, recíproco y estable, el cual desempeña una función muy importante en su bienestar. El vínculo o apego es una relación afectiva positiva, incondicional y duradera que se caracteriza por el placer mutuo de estar juntos y el deseo de mantener ese cariño. Las interacciones positivas con personas que lo cuidan de forma estable generan en el niño un sentimiento de bienestar y van creando una seguridad básica. El niño necesita recibir de su madre/padre o persona que lo cuida demostraciones de cariño, y atención, de un modo continuo, diario y estable. Así el niño va desarrollando seguridad y confianza y el sentimiento de ser valioso e importante. El niño necesita dar y recibir afecto. Para el niño el vínculo de apego es totalmente indispensable y necesario para un desarrollo adecuado. La calidad del vínculo o apego está determinada por la capacidad del adulto de ponerse en el lugar del niño, de lograr sentirse como él se siente. En la iniciación y mantenimiento de un vínculo de afecto positivo es muy importante la sensibilidad de la madre/padre a las señales del niño.



Los patrones de interacción entre la madre o el padre y los niños, una vez establecidos, tienden a persistir en la mayoría de los casos. Una causa de dicha persistencia es el modo en que el progenitor trata al niño, ya que, para bien o para mal, tiende a continuar sin cambios. El modo en que un cuidador trate a un niño determinará, en gran medida, su personalidad.



Los progenitores que son sobreprotectores, o que maltratan a sus hijos, o que sufren adicciones, depresiones u otras enfermedades psiquiátricas, tienden a desviar el desarrollo de sus hijos a niveles subóptimos. Por el contrario, los progenitores cálidos, afectivos y que apoyan las iniciativas de sus hijos y sus necesidades de exploración, tienden a tener niños que crecen mentalmente sanos y psicológicamente maduros y creativos (Franz y colaboradores, 1994). Cuando no existen obstáculos a mayores, se logra establecer un adecuado vínculo afectivo entre los progenitores y sus hijos. Al existir un apego seguro, existe óptimo desarrollo físico-nutricional, no se interfiere en el aprendizaje del menor por ensayo-error, no se busca manipular el comportamiento del menor en función de la propia angustia, se comprende e interacciona de un modo natural con el mundo infantil-simbólico del niño.


viernes, 31 de enero de 2014

Sobre el acoso laboral o mobbing

El acoso moral, es un riesgo laboral emergente, del que hace poco más de veinte años no se había tomado conciencia. Los estudios pioneros de Leymann alcanzan España a finales de los años noventa. Inflingido por personas conocidas y en algunos casos apreciadas o valoradas (inicialmente), destruyendo a la víctima en múltiples y diferentes esferas vitales (familiar, social, física, psicológica, etc.), haciéndola dudar de su capacidad personal, profesional y de su cordura. Es un proceso eterno, que cuanto más explícito se hace para los ojos de la víctima, con mayor silencio se lleva, impidiendo la recuperación y el asesoramiento técnico o, mucho más sencillo, el apoyo de aquellos que le estiman.

Conlleva vergüenza, ira, disminución de la autoestima, convencimiento de vivir en un mundo no gratificante, que aquello para lo que se ha preparado la persona es un teatro vacío de gente y que, entre bambalinas, se encuentra el enemigo acechante.

El acoso psicológico en el trabajo o “mobbing” es considerado un severo estresor psicosocial, una forma característica de estrés laboral, que puede afectar seriamente el funcionamiento cotidiano de aquellos que lo padecen. Presenta la particularidad de que no ocurre exclusivamente por causas directamente relacionadas con el desempeño del trabajo o con su organización, sino que tiene su origen en las relaciones interpersonales establecidas en cualquier empresa entre los distintos individuos (Martín, F. y Pérez, J. [2001]: “El hostigamiento psicológico en el trabajo: mobbing”. Madrid: Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales).

Los rasgos más característicos del mobbing, para ser considerado como tal, independientemente de los tipos, la clase o la fase en la que se encuentre el proceso, se pueden resumir en: la existencia de una situación de asimetría en cuanto a fuerzas (de poder, económicas, sociales, físicas, etc.), una intencionalidad por parte del agresor, el desarrollo siguiendo un patrón de frecuencia y duración, presencia de una clara destinación (a una o más personas constantemente), una manifestación inicial sutil y/o oculta y la existencia de un objetivo definido, generalmente “librarse” de una persona incómoda, ya sea por motivos personales, sindicales o económicos (Generalitat de Catalunya, 2003).

Distintos estudios han puesto de manifiesto que el acoso psicológico se encuentra fuertemente relacionado con diferentes problemas de salud, como por ejemplo alteraciones del sueño, ansiedad, problemas psicosomáticos, irritabilidad y depresión (Brodsky, 1976; Leymann, 1992; Mikkelsen y Einarsen, 2002; Zapf, Knorz y Kulla, 1996). Otros efectos comunes del padecimiento del mobbing son la apatía, la indefensión y los sentimientos de desesperanza. No es de extrañar que algunas víctimas sientan que su salud, tanto física como mental, se encuentra arruinada y que nunca volverán a funcionar con normalidad (Leymann, H. [1996]: “Contenido y desarrollo del acoso grupal/moral (<mobbing>) en el trabajo”. European Journal of Work and Organizacional Psychology, 5, (2), 165-184).

“Este tipo de violencia tiene la característica diferencial […] de no dejar rastro ni señales externas, a no ser las del deterioro progresivo de la víctima, que es maliciosamente atribuido a otras causas” (Piñuel, I. [2001]: “Mobbing. Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo”. Madrid: Punto de lectura).

No existe como tal un diagnóstico de mobbing. Inicialmente se utilizaba el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) en el que la persona debe haber estado expuesta a un acontecimiento estresante y extremadamente traumático que represente un peligro para su vida o cualquier otra amenaza para su integridad física (APA, 1994); esto supone un problema en el caso del mobbing puesto que las acciones típicas de acoso son predominantemente agresiones no físicas (Björkqvist y cols., 1994; Zapf y cols., 1996; Einarsen, 2000;). Con este fin se han propuesto diagnósticos alternativos para las víctimas de acoso, como por el ejemplo, el trastorno por estrés agudo o el trastorno adaptativo. El trastorno por estrés agudo se diferencia del TEPT en que el cuadro sintomático del primero debe aparecer y resolverse en las primeras cuatro semanas posteriores al acontecimiento traumático. Respecto al trastorno adaptativo el factor estresante puede tener cualquier intensidad y es apropiado tanto cuando las respuestas a un desencadenante extremo no reúnen los criterios para un TEPT, como cuando el estrés postraumático aparece en respuesta a desencadenantes no excesivamente amenazantes para la integridad física. No obstante, una vez que el estresor haya cesado, la sintomatología no debe durar más se seis meses. La duración de los síntomas postraumáticos en víctimas de acoso excede notablemente los criterios temporales que los trastornos mentales mencionados proponen.

No existe una denominación oficial en el DSM-IV para el acoso psicológico, así que según Piñuel (2003) “la práctica clínica ha definido ya la expresión síndrome de estrés por coacción continuada (SECC)” para las víctimas de una serie de acontecimientos estresantes mantenidos en el tiempo. En este síndrome y adecuándolo al de estrés postraumático, se cumplen los siguientes 23 puntos:
1. Estrés prolongado.
2. Este estrés mantenido produce depresión reactiva.
3. La víctima no suele ser consciente del acoso, y si lo es, lo niega.
4. Experimenta la invasión de recuerdos de las violencias padecidas.
5. Insomnio y pesadillas vívidas.
6. Los acontecimientos son revividos de forma constante.
7. Se desencadenan miedo, ansiedad, ataques de pánico por la anticipación de los hechos.
8. Se producen síntomas somáticos del tipo palpitaciones y temblores.
9. Entumecimiento o insensibilidad en las extremidades.
10. Se evita decir o hacer cualquier cosa que recuerde el acoso.
11. Dificultad de emprender otras tareas en el campo en el que se desarrolló en acoso.
12. Deterioro de la memoria.
13. Focalización en el acoso laboral, excluyendo otras esferas de su vida.
14. Aislamiento.
15. Anhedonia.
16. Melancolía.
17. Dificultad de conciliar el sueño pese a la fatiga.
18. Alta irritabilidad.
19. Alteración de la capacidad de concentración.
20. Hipervigilancia.
21. Hipersensibilidad a la crítica.
22. La recuperación no se da, o se da al cabo de entre dos y cinco años.
23. Deterioro extremo de la vida social.
(Soria Verde, Miguel Ángel (coordinador)(2007): “Manual de Psicología Jurídica e investigación criminal”. Madrid: Pirámide).


viernes, 24 de enero de 2014

Inteligencia Emocional

¿Por qué personas extremadamente inteligentes no tienen éxito en la vida? Desgraciadamente la inteligencia no nos da la experiencia ni la preparación necesaria para "sobrevivir" en el día a día o salir airoso de todos los baches que se nos pueden presentar. En ocasiones, personas muy inteligentes fracasan una y otra vez en determinados aspectos de su vida (familia, pareja, amigos, trabajos, etc).

Sin embargo, seguro que todos conocemos a alguien con éxito, un triunfador de la vida, pero ¿nos hemos parado a pensar que tiene? No, la respuesta correcta no es "dinero". Probablemente, si le observamos bien encontraremos cualidades tan importantes como el autocontrol, la automotivación, el control de sus emociones, la destreza social y la empatía entre otras. Esta persona es inteligente emocionalmente, conoce sus emociones, las regula y las usa en su propio beneficio. Citando a Aristóteles, podríamos decir que tiene "la infrecuente capacidad de enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto".

Thorndike, ya en 1920, utilizó el término Inteligencia Social para describir la habilidad de comprender y motivar a otras personas. En 1990 Peter Salowey y John Mayer utilizan el termino Inteligencia Emocional entendida como la capacidad  de controlar y regular  los sentimientos de uno mismo y de los demás y utilizarlos para guiar el pensamiento y las acciones, la habilidad para comprender emociones y equilibrarlas.

Según Daniel Goleman, los componentes de la Inteligencia Emocional incluirían tanto habilidades internas, tales como el autoconocimiento, la motivación y el control de las emociones; como habilidades externas, entre ellas la empatía y las habilidades sociales, que engloban aptitudes relacionadas con la popularidad, el liderazgo y la eficacia interpersonal.

- Conciencia propia (autoconciencia o autoconocimiento): conocimiento de las propias emociones, de uno mismo, en un momento concreto, definiendo unas cirsunstancias internas y externas, que nos ayudará a comprender mejor nuestros sentimientos y el porqué pensamos, sentimos, nos conportamos y nos relacionamos de una forma concreta. Enumeramos las emociones básicas:
       - Ira: rabia, enojo, cólera, furia.
       - Tristeza: desconsuelo, melancolía, pena, nostalgia.
       - Miedo: inseguridad, temor, terror, pánico.
       - Alegría: entusiasmo, gozo, satisfacción, euforia.
       - Desprecio: aversión, disgusto, asco, repulsa.
       - Vergüenza: rubor, timidez, culpa, humillación.
       - Sorpresa: asombro, fascinación, desconcierto.

- Control de las emociones (autocontrol): capacidad para gestionar de forma correcta nuestras emociones, sin permitir que sean ellas las que nos controlen y adecuar nuestros sentimientos a las situaciones. Conlleva un mejor manejo de la frustración, del estrés y de la ira. Se trata de que todas las emociones, tanto las negativas como las positivas, se experimenten y se expresen de forma adecuada.

- Automotivación: de qué manera puedo aprovechar mis emociones para conducir mi energía en una dirección específica y para un fin determinado. Robbins (1999) define la motivación de la siguiente forma: “Es lo que impulsa a una persona a actuar de determinada manera o, por lo menos, que origina una propensión hacia un comportamiento específico. Ese impulso puede ser provocado por un estímulo externo al individuo, o puede ser generado internamente. Es un proceso que conduce a la satisfacción de algo”.

- Empatía: reconocimiento y comprensión de las emociones de los otros, capacidad de ponerme en su lugar o asumir un punto de vista ajeno a mi. Las personas con una mayor capacidad de empatía son las que mejor saben "leer" dentro de los demás, siendo capaces de captar una gran cantidad de información sobre otra persona a partir de su comunicaión no verbal, sus palabras, el tono de su voz, su postura, su expresión facial, etc.

- Habilidades sociales: capacidad de ejecutar una conducta de intercambio con resultados favorables, de interactuar con el entorno de manera aceptable. Serían un ejemplo de estas habilidades: la asertividad (cualidad de una persona que expresa con facilidad y sin ansiedad su punto de vista y sus intereses, sin negar los de los demás),
la comunicación (proceso por el cual los individuos condicionan recíprocamente su conducta en una relación interpersonal), el liderazgo (habilidad que le permite a un individuo el empleo de los recursos de poder necesarios para influir en las conductas de los miembros del grupo) y la resolución de conflictos (capacidad para afrontar las críticas y utilizarlas de manera constructiva).

viernes, 17 de enero de 2014

Perfil delictivo de individuos con trastornos de la personalidad



En la estructura de la personalidad pueden haber intervenido factores ambientales que afectaron al embrión o quizás incluso al niño. Aunque consideramos las direcciones y propiedades fundamentales y generales de la personalidad como congénitas y dadas. La personalidad es una unidad biológica, psicológica y social.
 

El trastorno de la personalidad se pone en evidencia desde los primeros años de vida; son individuos parcial o totalmente desadaptados a su realidad ambiental, promoviendo por esta causa sufrimiento para consigo mismo o para los demás.

Si bien no podemos hablar de personalidad delincuente (ya que no existe una constelación fija de atributos de la persona infractora de la ley), se ha comprobado que los delincuentes sistemáticos presentan elevación significativa de rasgos tales como: hostilidad, búsqueda de sensaciones, desviación psicopática, hipomanía y depresión; así como baja puntuación en ajuste emocional y actividad. La impulsividad en estos casos genera una violencia desproporcionada.

Podemos decir entonces, que el trastorno de personalidad es la formación y desarrollo deficiente e inadecuada de los componentes estructurales de la personalidad, que en su interrelación con el medio, tanto social como biológico, han dejado de incorporar los beneficios y/o incorporado elementos nocivos.

A pesar de que han sido muchos los estudios que han analizado la relación entre psicopatología y delito aún no se ha llegado a conclusiones definitivas sobre este tema. Los estudios que han encontrado relación entre psicopatología y delito coinciden en señalar que las tasas de violencia difieren entre las diferentes categorías diagnósticas sugiriendo que es esencial analizar separadamente cada una de ellas en relación al riesgo específico de conducta violenta.

Trastorno antisocial de la personalidad:
De todos los trastornos de personalidad, el actualmente denominado trastorno antisocial es el que más interés tiene desde un punto de vista forense. La característica esencial del trastorno antisocial de la personalidad es un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás. Este patrón ha sido denominado también psicopatía, sociopatía o trastorno disocial de la personalidad.

La conflictividad social marca el rasgo fundamental de la clínica de estas personalidades. Encontramos en ellos, hurtos, peleas, pertenencia a pandillas marginales violentas, escaso rendimiento laboral, mentiras patológicas, etc. A todo lo anterior hay que sumar absoluta falta de remordimientos y de ansiedad, marcada pobreza afectiva y falta de motivación en la mayoría de sus conductas antisociales.

En relación a los factores etiológicos de la conducta psicopática y antisocial, se ha sostenido que estas conductas son consecuencia casi exclusiva del medio ambiente y que existe una estrecha relación entre variables de tipo social y el desencadenamiento y mantenimiento de la delincuencia. Una simple observación evidencia gran similitud de situaciones sociales entre la mayoría de las personas que ingresan en prisión. Situaciones tales como: grado de educación, tipo de familia, clase de trabajo del jefe de hogar, ambiente social, falta de escolarización, etc., son denominadores comunes en la mayoría de los internos de las prisiones. Estos internos suelen pertenecer a las capas más bajas, tanto económica como socialmente. Numerosos estudios han confirmado la relación existente entre determinadas características económicas, educativas, sociales y culturales con respuestas antisociales. Las situaciones sociales desfavorables son comunes a amplios sectores de la población, y sin embargo, es una minoría, aunque relativa y desgraciadamente numerosa, la que comete actos delictivos. Por otra parte, en sectores de población con situaciones sociales favorables, también se producen actos antisociales. Todo ello nos lleva a pensar que los factores ambientales no explican del todo, por sí mismos, la aparición de conductas antisociales.

El trastorno de personalidad antisocial se relaciona con el crimen, la violencia y la delincuencia. Las características esenciales incluyen antecedentes de trastorno de la conducta a un nivel crónico. Estos individuos tratan a los demás de manera insensible, sin preocupación aparente; parece que no sienten ninguna culpa, incluso cuando dañan a las personas más cercanas a ellos mismos. La excitación de aprovechar las oportunidades y manipular a los otros es su principal motivación.

La peligrosidad de las personalidades antisociales es obviamente muy elevada ya que es su conducta antisocial la que caracteriza al cuadro clínico. No obstante, no podemos identificar psicopatía con delincuencia, ya que si bien es verdad que existen psicópatas delincuentes, no todos los delincuentes son psicópatas (Cabrera y Fuertes, 1997).

Las personalidades antisociales se ven con frecuencia envueltas en multitud de actitudes delictivas como autores, encubridores o cómplices. Su desprecio por las normas de convivencia, su frialdad de ánimo y su incapacidad para aprender por la experiencia los hace eminentemente peligrosos (Cabrera y Fuertes, 1997).

Sus delitos más frecuentes son delitos contra las personas, en forma de lesiones, homicidios, riñas, delitos de violación, abusos deshonestos, violación de domicilio, delitos contra la propiedad en forma de hurtos y daños, delitos contra la seguridad como pueden ser incendios y delitos de atentado y resistencia a la autoridad y desacato.

La tipología de la conducta antisocial o delictiva varía entre las diferentes categorías diagnósticas. Esta diferenciación de subgrupos de delincuentes puede ser útil en el diseño de programas de prevención y tratamiento. Una evaluación específica puede proporcionar una mejor clasificación diagnóstica que puede resultar en tratamientos más individualizados y adecuados y esto a su vez llevaría a mejores resultados del tratamiento (Vermeiren, 2003).

El conocimiento de que una persona presenta un trastorno mental, por sí sólo es de uso limitado de cara a la prevención de la conducta violenta. Esto se debe a que la mayoría de los individuos con trastorno mental no son violentos y que la mayoría de los individuos violentos no tienen un trastorno mental. Los factores, tanto individuales como ambientales asociados con la conducta violenta en personas con trastornos mentales requieren de más investigación. Hay una necesidad para ampliar el uso de instrumentos validados para la evaluación de la futura conducta violenta en esta población e implementar programas de tratamiento que sean efectivos en la prevención de la conducta violenta.

La peligrosidad de las personalidades antisociales es obviamente muy elevada ya que es su conducta antisocial la que caracteriza al cuadro clínico. No obstante, no podemos identificar psicopatía con delincuencia. Si bien es verdad que existen psicópatas delincuentes, no todos los delincuentes son psicópatas.

Las personalidades antisociales se ven con frecuencia envueltas en multitud de actividades delictivas como autores, encubridores o cómplices. Su desprecio por las normas de convivencia, su frialdad de ánimo y su incapacidad para aprender por la experiencia los hace eminentemente peligrosos.

Respecto a la imputabilidad de los trastornos de la personalidad y más concretamente del trastorno antisocial de la personalidad, el tema ha sido muy debatido ya que en sentido estrictamente jurídico-psicológico estos sujetos tienen conocimiento de la ilicitud de sus acciones y voluntad clara de infringir la norma legal. Por esto, muchos autores ven en ellos absoluta imputabilidad, criterio este también predominante entre los jueces. Por otro lado, están los autores que encuentran alterada la voluntad por la incapacidad para sentir abogando por la existencia de semiimputabilidad. Finalmente, están los autores que les consideran inimputables al equiparar el trastorno antisocial a una enfermedad mental, aconsejando sustituir las penas privativas de libertad por medidas de seguridad.

En suma, la psicopatía sólo atenúa la responsabilidad en casos excepcionales en los que puede objetivarse una disminución de la voluntad. En estos casos excepcionales tendría que venir aparejado con medidas de prevención y tratamiento.